Una nevada inesperada-viaje familiar por el Norte.

 

Viajábamos con mi esposa de Cafayate a Tafí del Valle. Habíamos salido bajo un cielo gris y con mucho frío. Corría el mes de julio. 
 
Al pasar Amaicha del Valle el cielo se veía más cerrado, lo que llevó a mi señora a comentar que tal vez tendríamos nieve pronto. Poco después, comenzó a caer una llovizna espesa hasta que nos dimos cuenta que ¡estaba nevando! Paré el auto, bajamos a tomar unas fotos y dejar que nos acariciara la nieve que por entonces no era abundante. 
 
 
La nevada iba en aumento cuando reiniciamos la marcha. Con cuidado ascendimos el Abra del Infiernillo, aunque lo más riesgoso fue el descenso. La nieve lo cubría todo. 
 
En dos oportunidades el auto se deslizó y casi impactamos contra la montaña. En ese momento me arrepentí de no haber comprado cadenas para las ruedas. Luego de la experiencia vivida, recomiendo llevar siempre cadenas, muy útiles tanto para la nieve como para el barro.
 
 
Finalmente, llegamos a Tafí del Valle y nos instalamos en la Hostería que habíamos reservado la cual se encontraba apartada del centro. Bajamos a la villa a almorzar. La nevada no paraba. Al llegar de regreso a la Hostería la misma nos pareció, desde la calle de acceso, una isla en el medio de un mar congelado.
 
A pesar del hermoso espectáculo de la nevada, tomamos conciencia que estábamos ante un problema serio. El hecho era que al día siguiente llegaba nuestro nieto Tomás por avión a Tucumán. Como era menor de edad y viajaba sólo, yo era el autorizado para recibirlo en el aeropuerto, y como  seguramente no podríamos bajar a Tucumán debido al cierre de la ruta, no habría nadie esperándolo.
 
En ese momento recordé a un amigo que vivía en  Tucumán. Me comuniqué con él quien enseguida se puso a nuestra disposición. Acordamos que uno de sus hijos fuera a recibir a mi nieto al aeropuerto, en  carácter de “primo”, y así se lo comunicamos a Aerolíneas. 
 
Solucionado el tema, y ya que la Hostería no ofrecía servicio de restaurante, decidimos irnos a dormir sin comer, con incertidumbre sobre el clima y angustiados por la situación de nuestro nieto, a pesar que estaba seguro que mi amigo tucumano lo atendería como si fuera su hijo.
 
 
Lo primero que hicimos a la mañana siguiente, fue abalanzarnos sobre la ventana de la habitación y confirmar que ¡seguía nevando! Luego, nos enteramos que la bajada a Tucumán estaba cerrada, por lo que quedó definitivamente descartada la posibilidad de ir al aeropuerto por Tomás. De eso se encargaría su “primo”. 
 
La ruta permaneció cerrada todo el día. La nevada persistía. Quedamos aislados e imposibilitados de salir, al menos con un vehículo convencional como el nuestro. Mi señora estaba compungida por no poder reunirse con su nieto.
 
El siguiente problema se planteó con la comida para el almuerzo. Sin embargo, la encargada de la Hostería organizó una expedición a la villa y se nos apareció con una olla gigante conteniendo un suculento locro, que nos levantó el ánimo a todos.
 
Como el aislamiento continuaba, a la noche un cocinero improvisado nos sorprendió con un poderoso guiso de lentejas. Armamos una mesa comunitaria entre todos los huéspedes y “festejamos” nuestra involuntaria situación. Fue un gesto de unión del grupo ante la emergencia.  
 
                       
 
La situación nos generaba sensaciones contradictorias. Por un lado, nos pasábamos largos ratos disfrutando de un paisaje de película y nada frecuente. Por otro, estaba presente la angustia de no tener a Tomás con nosotros. 
 
A la mañana siguiente volvimos a asomarnos a la ventana de nuestra habitación y saben que: ¡seguía nevando! La ruta a Tucumán continuaba cerrada. La mayoría de los huéspedes había resuelto marcharse e intentar el descenso. Cada despedida se asemejaba a la que se le da a aquellos prisioneros que obtienen su libertad. Todos lograron salir sin problemas. Cuando el último auto desapareció de nuestra vista, decidimos imitarlos y correr el riesgo del descenso. En la villa nos unimos a una pequeña caravana con otros cinco autos.
 
Luego de unos kilómetros, la nevada se intensificó convirtiéndose en la peor que habíamos sufrido. Durante largos tramos viajamos en primera velocidad, prácticamente a paso de hombre. En el trayecto vimos varios autos abandonados, algunos al borde de un barranco, y cubiertos por una gruesa capa de nieve.
 
Al fin, superamos lo peor del descenso y cuando caía la tarde llegamos a Tucumán para reunirnos con Tomás quien, gracias a la amabilidad de mi amigo y su familia, lo había pasado muy bien.
 
Alegres por el reencuentro, reiniciamos nuestro viaje. Eso si, tuvimos que modificar nuestro itinerario original debido a que la nieve caída impedía el paso por algunos lugares. 
 
Juan José Milessi

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